Por Antonio Martínez Nieto.
Con la Iglesia hemos topado. El pasado mes de noviembre la Santa Sede publicó la nota doctrinal Mater Populi Fidelis con la que Roma ponía orden en cómo hablar de la participación de la Virgen en la Redención y en su papel de intercesora.
Mi amiga Jacinta, tan devota ella a sus cerca de ochenta primaveras, me preguntó con un enfado que solo da el amor sincero: “¿Qué ha dicho el Papa nuevo de la Virgen?, ¿que ya no es qué? A una Madre no se le recorta nada”.
Y es que el Papa León, en su deseo de abrir caminos de encuentro, parece decidido a retomar el espíritu social que ya impulsó León XIII. Pero esos puentes que él quiere tender con quienes han tomado sendas distintas dentro de la misma fe, aquí pueden hacer aguas. No por rebeldía: por costumbre. Aquí la fe no se negocia; se hereda.
Ojalá sea cierto ese próximo viaje a España, y ojalá se extienda hasta Andalucía. Entonces, estoy seguro de que Su Santidad entenderá enseguida que aquí la Virgen marca el compás, y nosotros lo seguimos sin preguntar. Comprenderá perfectamente que las casas estén presididas por imágenes de la Santísima Virgen en cualquier rincón; que hasta los más afamados dirigentes tengan en sus agendas esas estampas que vagan de un lugar a otro como documentos oficiales. Que los parasoles de los vehículos andaluces no cierren del todo por la acumulación de la fe en papel; o que muchos se jugaran el pellejo por guardar sus imágenes cuando la reconciliación no fue el valor predominante entre los españoles —más bien les dio por la piromanía—.
Que María o Carmen sean dos de los nombres más usados por los padres para sus criaturas, no es una casualidad. Tampoco lo es que dos de nuestros grandes hospitales se llamen Rocío y Macarena. Allí, entre sondas y silencio, la Virgen hace guardia.
Pocas ciudades pueden presumir de que, según acta notarial donde se da fe, en 1430 la Virgen anduviera por sus calles en una misteriosa y pacificadora procesión. Pronto celebraremos los 600 años de este maravilloso acontecimiento, y ya sabemos cómo somos: la fe pide celebrarse a lo grande. Además, León XIV ha sabido reconocer a través de una coronación pontificia la devoción sin complejos de los baezanos a la Virgen del Alcázar. Roma escribe documentos; Andalucía, devociones. Santidad, de verdad, con su apellido Martínez y su español aprendido, en nuestra tierra no desentona. Y comprobará que aquí un rosario convence más que diez encíclicas… y que Jacinta no piensa leer ni una sola.