Felipe Utrera

Y retornó a la Ropa Vieja

Quisiera que todo volviera a ser como antes. Imagino que esta fue la reflexión que hicieron los protagonistas de esta historia durante el tiempo que regresaron a la ciudad de Jaén a recorrer sus empinadas calles para evocar mejores tiempos pasados. Nuestro querido lector debe saber que estos dos simpáticos personajes coincidieron en el mismo espacio y tiempo. Y por avatares del destino se convirtieron en familia gracias al matrimonio de sus respectivos hijos. Y así nací yo. Estoy refiriéndome como ya habrán adivinado a mis abuelos.

Tienen ellos la sana costumbre, una noche sí y otra también, de colarse en algunos de mis sueños y armar el lío. El sueño comienza siempre de la misma forma- en noches de viento huracanado, ciclogénesis lo llaman ahora-, se cuelan por la ventana del salón del apartamento de la añeja plaza Rosales, como dos fantasmas -que es lo que son-  con magnífica cortesía. Pues tan respetuosos son que no rompen el cristal.

Soy un tipo raro, colecciono y leo libros: narrativa y prosa fundamentalmente. Ellos disfrutan leyendo a autores jaeneros y algunos poemas de mi autoría. No piensen que son buenos. Los leen porque los ha hecho su nieto: ya saben, amor de abuelos. Les presento a mis dos abuelos: unos es jaenero de nacimiento, magdalenero, de la calle Santa Úrsula -el convento del mismo nombre se está cayendo y a nadie se le revuelven las tripas- Felipe se llama, más de Jaén que la cruz del Castillo. El otro es de una tierra roja, dura, de campesinos y jornaleros: bravos y honestos. Es de Navas de San Juan, capital del Condado, aunque se cabreen los de Santisteban. Al hijo de uno de mis abuelos -o sea mi padre- se le metió entre ceja a ceja emigrar a los ¨Jaenes¨ Y el pater muy obediente cargó la maleta y arribó en la ciudad de la luz; y mis dos abuelos coincidieron en la bella tierra de don Emilio Cebrián.

Moría el atardecer cuando la llama del ocaso coronaba las torres de la Catedral y se apagaba entre los montes cercanos. Una fina cortina dibujaba unos pequeños charcos en el suelo gris de la santa plaza. Pequeños grupos de transeúntes la cruzaban y algún turista despistado. Sentado en un banco, mis pensamientos volaban de un lado a otro sin un rumbo fijo. Buscaba la inspiración, la llamada de las musas. No era capaz de hallar el poema que describiera la belleza eterna de la Catedral: su piedra de lienzo antiguo. Inesperadamente, un fuerte viento se levantó bravo y la fina lluvia se tornó en un terrible aguacero. Busqué un lugar para cobijarme: mis cavilaciones me llevaron al Bar Manila.

El lugar estaba repleto. Las mesas ocupadas por míticos tertulianos. Es un bar diferente, es un bar cofrade a la manera de Jaén. La primera voz que escuchas es una melodía de corte clásico. Esa tarde sonaba «La tempestad», de Vivaldi. Parecían haberse puesto de acuerdo todos los astros. Me gusta imaginar las tardes antiguas que pasaron muchos poetas y escritores buscando la obra de su vida que los catapultara a la fama. Y siempre buscando el poema más hermoso para Jesús de los Descalzos.

Descubrí de nuevo la barra y pedí un café. La sorpresa iba a producirse. En el extremo de la vieja barra estaban mis dos abuelos con una amplia sonrisa dibujada en sus fantasmales rostros. Pagué con celeridad y salí a la calle Maestra, había dejado de llover, la rúa parecía un tablero inmaculado de ajedrez, y eso que llevan más de cincuenta años sin acicalarla. Apenas tuve un tiempo de recorrer un corto espacio y los dos personajes ya estaban enganchados a mis brazos. Desviaron mi camino a la calle Madre de Dios y giramos hacía la hermosura del arco de San Lorenzo, aquel que tantas veces guardó la belleza morada de Jesús de los Descalzos. La noche alargaba su manto de estrellas y una leve brisa volvió a surgir de la montaña.

Los tres atravesamos el arco como auténticos fantasmas. Estaba más pálido que el finado que descansa dentro de los muros de esta excelente construcción. Despuntaba el alba cuando la melodía del despertador sonó. Con una rapidez inusitada, salté de la cama y asomé al balcón del salón. El espectáculo era sobrecogedor, el sol se desperezaba entre las sierras cercanas con una timidez cautivadora. Los árboles de la añeja plaza, vestidos con sus verdes hojas, la primavera estaba naciendo. Se acercaba el tiempo de Cuaresma.

Un olor a café impregnó todo el apartamento. Acompañado del sonido de la cafetera, mi cara estaba pálida, en la cocina se encontraban mis dos superabuelos que conocedores de mis pensamientos pasionistas me emplazaron a una cita que nunca iba a olvidar. Minutos antes de dar las cinco de la tarde, asomé mi timidez por la ventana. La llama del crepúsculo estaba a punto de ocultarse tras mis montañas, la plaza seguía en una quietud serena e inamovible. Descendí por las hermosas escaleras del antiguo edificio a la vez que miré el reloj. Las agujas se habían vuelto locas, marcaban las ocho de la mañana de un Viernes Santo del mes de abril, noventa y tres años atrás.

Salí por la puerta principal del decimonónico palacio. Lo que ocurrió fue verdaderamente asombroso. Mis abuelos estaban esperándome junto a la portada del convento de la Coronada. Largas colas de nazarenos ocupaban toda la calle Martínez Molina, con sus velas encendidas y largas túnicas negras. El cortejo caminaba en silencio, tímidamente se dirigía al cantón de la Ropa Vieja.

En medio de la plaza, frente al convento, parado estaba el trono de Jesús de los Descalzos. Una saeta rasgaba las vestiduras negras de la noche hasta callar donde habita el silencio. Desde las ventanas y barrotes de la cárcel vieja, los presos miraban la cara del Nazareno, buscando consuelo. Un toque de campana quebró el bello silencio de la noche y el señor de Jaén tornó a caminar con un paso lento y seguro. La marcha de Cebrián se estaba gestando en ese instante; el músico pidió llevar en sus hombros al divino Dios. Desgarradores lamentos surgían del interior de las centenarias piedras. La despedida, como todos los años, era muy dolorosa.

Volvían a ser las cinco de la tarde. Nos fundimos los tres en un interminable abrazo. El convento con su bella portada presidida por la escultura de la Virgen de la Coronada, ya no estaba. Se habían inventado una plaza solitaria y fría donde gobernaban la desidia y la desesperanza. Al día siguiente había quedado con mi amigo Gregorio para dar otro melancólico paseo por el viejo Jaén. ¿Tendría el valor de contarle esta historia? ¿Me creería?

A Natalia y a la familia Paredes-Aparicio.

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