Manuel J. Quesada Titos

Llegó la Pastora… y siguió el verano

La llegada de la Pastora es sinónimo de regreso de vacaciones, de reencuentros tras el periodo estival, de vuelta a la rutina del trabajo y de preparar el regreso al cole. El fin de semana pastoreño es, en definitiva, el punto y aparte a un verano que este año, lejos de su marcha, ha querido estar presente y mucho en el día en el que el incienso vuelve a inundar de olor el Jaén ardiente que espera deseoso el frescor del otoño. Porque nadie recordaba un domingo de Pastora como el que se presentó este 2016, con aviso naranja por temperaturas de hasta 40 grados. Ni aquel 15-J de 2013 alcanzó el bochorno que a las 19 horas permanecía posado sobre las calles de la ciudad. Aún así, en el interior de la Basílica Menor de San Ildefonso, con el sudor como acompañante bajo los trajes de chirris y los vestidos de pastiras, los nervios se iban apoderando del momento. Eso sí, la calma con respecto al tiempo era total después de que el pasado año hubiera que suspender la procesión por la lluvia. En esta ocasión, la única lluvia que caería sería de pétalos y ésa sí gusta a los cofrades.

Tras la primera levantá, realizada por el hermano mayor, Francisco Jiménez, la experimentada cuadrilla de costaleros, comandada por José Carlos Prieto, salvó la siempre dificultosa salida de San Ildefonso y el silencio se rompió con los ¡Viva la Pastora!, los cohetes y los sones de la Banda Filarmónica Ciudad de Bailén que interpretó marcha tras marcha a lo largo del itinerario de la cofradía por el centro de la ciudad. Llamativa fue la actuación en distintos lugares del recorrido de Los Campanilleros de Vílches, que dieron ese toque de romería que tan bien le sienta a esta hermandad que antaño fue de agricultores y ganaderos, y que lejos de caminar por los campos, discurre por el asfalto y adoquines del callejero.

Acompañada por distintas hermandades de Pasión y de Gloria, la Divina Pastora de las Almas se adentró en Cerón y Maestra para encontrarse con el ambiente más costalero, la bulla y el cangrejeo. A la altura de la Peña Flamenca y tras sonar la marcha Rocío, las sevillanas se asomaron desde el balcón que en la Semana Santa se torna en saeta y una petalá detuvo el tiempo antes de iniciar el regreso que le llevaría a una calle Almenas de similar acogida y una vuelta en la que, al contrario de otros años, la Pastora se vio más arropada. En esta ocasión, el calor extremo y el derbi del fútbol provincial mermaron de gente las aceras en la primera parte de una procesión que, no obstante, lució y encontró el calor humano en el camino de retorno a casa.

Mención especial merece en esta crónica el aspecto que presentaba la Virgen. Con una mantilla blanca y una tiara dorada, sorprendió y gustó a propios y extraños. Por cierto, su tradicional sombrero también le acompañó, en esta ocasión, colgado de una rama del árbol a cuya sombra buscó cobijo la Divina Pastora.

Fotografías: Manuel J. Quesada Titos

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